martes, 25 de octubre de 2016

Tres fotografías de Esther Seligson

La semana pasada me tocó leer este texto en memoria de Esther Seligson y, hoy que es su cumpleaños, aprovecho para ponerlo aquí e invitar a la serie de lecturas/charlas sobre ella, Retrato hablado de Esther Seligson. También creo que hoy hay una lectura en Bellas Artes, con Laura Almela, muy acá, así que quien pueda, vaya.



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Una puerta. Paredes de piedra como las bardas de las casas antiguas hechas de adobe y piedra. Y una puerta. Una puerta de dos hojas que se mantiene cerrada sólo por el peso de un palo, (demasiado delgado para ser tronco, demasiado grueso para ser rama) que sin embargo no parece ejercer mucha resistencia. Una puerta, una rama o un tronco, paredes de piedra. Y una mujer de espaldas pero volteando a mirarnos, cabello rizado y suelto del que nacen dos arracadas, las manos en la puerta, la boca entreabierta. Y un vestido largo, hasta el suelo, con figuras como estrellas. Las manos sobre la puerta a punto de abrir o de cerrar. No lo sabemos. Y la mirada fija en nosotros, tal vez preguntando si de verdad entraremos. Si de verdad queremos.
No creo en los horóscopos y desconfío de la gente que explica su vida y, peor, la mía, a través de signos zodiacales. Yo soy escorpión y como soy de agua, me gusta la lluvia. Él es Aries y por eso no nos caemos bien. ¿Qué signo eres tú? ¿Virgo? ah, claro, con razón. Crecí en una familia evangélica, lo cual quiere decir que estoy vacunado para casi cualquier tipo de conocimiento ancestral ajeno a la tradición bíblica. Aunque no los castiguemos tanto: crecí en una familia que, a pesar de ser evangélica, incentivó la búsqueda intelectual, personalísima y creativa, porque cree que en esa búsqueda también está Dios. Pero esa búsqueda intelectual no ha estado ni cerca de la astrología, ni del budismo. Para bien o para mal.
No conocí a Esther Seligson y tampoco recuerdo cuándo fue la primera vez que la leí. Lo que sí recuerdo es las impresiones que generó en mí desde las primeras lecturas. La tierra de mis héroes bíblicos está habitada, hoy, por hombres y mujeres mitad desierto, mitad esperanza. El pueblo de Dios es un pueblo supersticioso, castigado, a veces demasiado solemne y otras veces demasiado festivo, pero siempre nostálgico del viaje y de la tierra prometida. Sin contradicciones, todo al mismo tiempo.
Muchas de las estampas e imágenes encontradas en Esther Seligson han creado el terreno para la manera en la que leo a Yehuda Amichai o a Amos Oz, y sin embargo, hay en ella una familiaridad mayor a la de cualquier otro escritor. Mis recuerdos de Jerusalén, de Lisboa (un departamento a unos cuantos pisos de altura y el calor húmedo, no me puedo quitar esa sensación), del Tibet, mis recuerdos de vidas que no he vivido, provienen de Esther Seligson. También en ella nace mi interés por las religiones ancestrales, por las visiones de la Gran Madre, la Diosa blanca, de Astarté o Astarot, diosas de los goyim, habitantes un territorio vedado hasta ese momento. La escritura de Esther Seligson ha sido para mí un umbral que se abre poco a poco, un despliegue de las posibilidades de quién he sido y quién no, quién podría ser.
Con esto no quiero decir que sea un experto en Esther Seligson. Mi lectura ha sido desordenada e íntima. A veces desbordada, a veces con la mesura de quien desconfía del terreno que pisa. A veces con una lectura académica, buscando elementos claves sobre la maternidad y otras veces deseando ser el hijo al que esa madre le escribe y le ofrece respuestas.
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Conozco ese lugar. En esa misma mesa me senté, seis años después, como mirándolos de frente. Pero ellos ya no estaban. En la mesa un mantel rojo cubriendo a uno blanco, un florero con nochebuenas, cervezas recién empezadas, un animal de peluche, probablemente un mapache. Y sellos de colores. Sé que son sellos porque mi hermana tuvo esos mismos sellos. Se abrazan y sonríen para la foto. Yo también me tomé fotos ahí, pero seis o siete años después. Siempre con la idea de haber llegado demasiado tarde.
Llegué a la ciudad de México, emocionado, la tercera semana de septiembre del 2012. Luego de un camino que incluyó años de sobrevivir como maestro de secundaria, con incursiones en kínder, primaria, preparatoria y carreras de dudosa validez, pero que también muchas lecturas, proyectos, deseos insatisfechos, depresiones y muchos intentos por tener una beca para dedicarme a escribir. En este camino conocí a personas que todavía hoy considero amigos, y que sembraron en mí intereses y libros que me marcaron. Mi primer libro de Esther Seligson fue el muy reciente entonces Cicatrices, publicado por Páramo Ediciones. “Debes leerlo. Te hubiera vuelto loco conocer a Esther, te hubiera leído el futuro, habrían hablado de historia judía, de religiones, de ángeles, te habría leído el tarot”, decía mi amigo Mijail, pero como diciendo: “llegaste tarde, no importa lo que hagas, llegaste tarde”.
Llegué a la ciudad de México, a la casa de una amiga que todavía vive en la colonia Cuauhtémoc y que me llevó caminando a la Fundación para las Letras Mexicanas a que me familiarizara con la colonia en la que pasé los siguientes dos años. Caminamos por la calle Liverpool, y en un momento se detuvo. –Este es el Gabis. Acá venía a desayunar a veces Esther Seligson, y vivía ahí enfrente, arriba de la estética. Yo la vi varias veces pero me daba pena saludarla”.
Por alguna razón, este momento se me quedó muy grabado en la memoria y cada vez que paso por esa esquina pienso en Esther Seligson. Pienso en ella, en la imagen que me he hecho de ella a través de fotografías y de su propia escritura, caminando la misma calle que yo, entrando a la fundación. Pienso en faldas largas, volantes, moradas o naranjas, estampadas con flores. Pienso en ella sentada en ese salón con una mesa enorme, con un espejo a sus espaldas. Lo único que no puedo imaginar es su voz. La escuché en una grabación de radio UNAM, pero no puedo imaginar su tono, la calidez, sus inflexiones ante cada una de las personas que ella conoció y que yo también conozco, aunque años después, aunque demasiado tarde.
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Es ella, sentada, y sus nietas en sus piernas. Atrás un ficus y otra planta de la que no sé el nombre, un librero bien ordenado, una mesa de café y una alfombra guinda que cubre todo el suelo. No reconozco su rostro. Es decir, no la conocí en persona, pero no reconozco ese rostro de otras fotos. Una sonrisa diferente, la mirada maternal, comprensiva, los brazos estrechando a sus nietas. Una silla de madera con tejido, tal vez una mecedora. No se parece en nada a mi madre ni a mi abuela y sin embargo, parecen darse un aire. Tal vez todas las madres se dan un aire en la mirada comprensiva, los brazos estrechando a los suyos, la sonrisa descansada. Tal vez todas las madres sostienen a los suyos sentadas en una silla de madera.
In memoriam/ Adrián Joskowicz Seligson/ 6 de marzo de 1966/ 24 de marzo de 2000. Para Adrián; ese peludo corazón pelirrojo/ 11-oct-98’. Así comienza Simiente, y así comenzó mi fascinación por un libro al que he vuelto varias veces desde la primera vez que lo leí. La más reciente, motivada por un libro acerca de la obra de Esther Seligson que no sé si saldrá (y también, que no sé si tendrá mi texto), me llevó a buscar todas las referencias posibles a esta dedicatoria. Las personas que la conocieron y con quienes he hablado de ella me no me han dicho algo más que: “Se llamaba Adrián”, o “tuvo una muerte muy trágica”. Todos guardan con respeto y sobriedad los detalles, ofreciendo la lectura de Simiente como única posibilidad para conocer la historia. A pesar de todo, se pueden encontrar un par referencias hemerográficas/testimoniales acerca de la muerte de Adrián: una nota de periódico Reforma y otra, muy desafortunada, de Huberto Batis en una revista llamada TransgresionES.
Conocer los detalles, más que arrojar luz, me hicieron sentir traidor, parte de esos “amigos” que, en lugar de asirse y acompañar el viaje de la poeta, entre dolores y descubrimientos, aventuran conclusiones y relatan la historia sólo por comezón de oír, sin rastros de empatía. A cambio, también entendí que parte del descubrimiento, de lo más entrañable que encuentro en Simiente es conocer enEsther Seligson el trabajo veradero de poeta para confrontar el dolor y la culpa, revisando con cuidado cada momento, soportando el dolor y llegando al puerto del autodescubrimiento en la maternidad.
Y es que quizás uno de los temas más olvidados en la literatura actual sea la maternidad. Son pocas las mujeres que abordan una temática que pareciera haber perdido el interés, sea por la visión feminista de equidad y de significación de la vida más allá de los roles de género impuestos por la tradición, o por el descrédito del tema ante otros más confesionales y relacionados con la liberación sexual.
            No todas las mujeres nacen para ser madres, pero quienes lo deciden, inevitablemente encuentran su destino marcado por ello. Simiente es la confrontación de este destino y de las decisiones que lo construyen, tanto las propias como de los otros. Esther Seligson repasa momentos cotidianos que, después de un tiempo, se cargan de significación: diálogos con su hijo, cartas, percepciones, premoniciones. Sin embargo, en lugar de abrazarlos y consolarse, la madre pregunta, una y otra vez, los signos que construyen la voz y el rostro de su hijo: “¿es ésa la voz del pequeño hijo tierno?" (153). En la memoria, los momentos encuentran razones y descubren las fallas, el temor que se sintió entonces y las repercusiones inesperadas que, pese a todo, llegaron.
Como en muchas de las religiones en las que un camino del sufrimiento conduce a la redención, la visión de la Madre se hace evidente en la vida de Esther Seligson con un proceso de bautismo. Lo que en nuestra cotidianidad suele identificarse con abnegación y un carácter sumiso, aquí toma tintes de ritual, de constante movimiento e identificación en un proceso prácticamente eterno.
Nuestras palabras tienen poder, y en el caso de Esther Seligson sus palabras la condujeron a una visión de la maternidad consumada, sublimada en el dolor de la pérdida. Esta pérdida inicia un proceso de lavamiento, un bautismo en el que, al salir de las aguas del luto y traspasar los límites del dolor propio, se renace como una nueva madre, a imagen y semejanza, por fin, de la Madre.

viernes, 15 de abril de 2016

Wild Pitch

Hace unos días nos enteramos de que, luego de un arranque muy dudoso y con ánimos de tenernos contentos a todos, la directiva de los Pericos de Puebla realizó una operación en la que el ex-liga mayorista Zoilo Almonte se iba rumbo a Monterrey. A cambio, y no contentos con regresar a Willy Taveras, muy querido por la afición, vuelve también a la novena emplumada (así la llaman, tan bonito) el héroe deportivo de mi hermana, Luis Mauricio Suárez. Aunque parecía consagrado para ser el hombre insignia, en algún momento salió del equipo y muchos nos quedamos destanteados. Vaya mi primera (y tal vez única) mini-pieza teatral que escribí hace tiempo como parte de un ejercicio de adaptación al Dinosaurio de Monterroso. El texto apareció en la revista Pliego 16 y se montó, o al menos eso cuentan, en la presentación de la revista en el teatro el Milagro. Espero algún día verlos, el texto, la pieza montada y, cómo no, al amigo del hit reventando la bola en el Hermanos Serdán.

            Wild Pitch

Personajes:
Luis Mauricio Suárez
Voz de audio local
Umpire
Coro de 3 espectadores

Audio local: Por la novena verde, tercero en el orden, con el número veintisiete, el
amigo del hit (alargando las vocales mientras comienza a sonar “el rey” de José Alfredo Jiménez) ¡Luis Mauricio Suárez!

Luis Mauricio Suárez: (camina hacia la caja de bateo. Agita el bat varias veces
antes de colocarse en la zona de strike) Chin, otra vez éste; con la rabia que me tiene. Ojalá que ya se le haya olvidado lo de Oaxaca.

Espectadores: (simultáneamente)
1. ¡Es Luis Mauricio!                              2. ¡Es Luis Mauricio!

                                                3. ¡Viene Luis Mauricio!

Umpire:            ¡Bola!

Luis Mauricio Suárez: Ándale, desgraciado. Me quieres dar la bienvenida pero no
te voy a dar el gusto. Yo qué culpa que esté tan feo. Si yo nomás dije en la entrevista lo que todo el mundo le dice a sus espaldas.

Umpire:            ¡Bola!

Espectadores: Está tirándole al cuerpo.

Luis Mauricio Suárez: Ay, perro, con esos bracitos no te esperas tremendo
cañonazo. Han de ser, qué, ¿85? ¿90 millas? Nah, en liga mexicana nadie lanza a más de 80. Y menos con un equipo pitero. Por eso le arde tanto, le quité el sin hit ni carrera al héroe de un pueblo en donde no pasa nada.
Umpire: ¡Strike 1!

Luis Mauricio Suárez: ¡Eso! No me tengas miedo, mi rey. Pónmela bonita como el
año pasado. Tiene buen slider pero se cansa rápido. Ahí está el pan, ahí está el pan y ahora va al plato…

[Se sale de la zona de strike]

…De todas las cosas, lo que menos me gustaba era lavar los platos. Yo siempre quise ayudarle a mi mamá a hornear el pan, pero ella sólo me dejaba lavar los trastes. Me decía que así se empieza, lavando trastes y viendo cómo hacen las cosas los que sí saben. Me moría por meter las manos en la masa, darle forma al pan, revisar el horno. Era mi olor favorito. Bueno, mi favorito después de ese olor que anticipa la lluvia, el olor a tierra mojada…

Coro:  [Dialogando entre sí]  
1.         Un golpe seco como cuando se revienta una burbuja.
            2.         Se vaciaron los dogouts. Golpes, gritos.
3.         Una nube de polvo cubre todo.
1.         Luis Mauricio, tendido sobre home. Hasta se ve tierno.
2.         Empieza a levantarse, destanteado.
3.         Destanteado.
1.         ¿Se murió?
3.         ¿Cómo se va a morir? A lo mucho una contusión o algo.
2.         Ni siquiera una contusión; fueron apenas unos segundos de perder el conocimiento y, cuando despertó…
3.         Bendito sea Dios que despertó…
1.         Cuando despertó, el dinosaurio González lo estaba esperando, sonrisa socarrona y bat en mano. En el aire, un olor como  a tierra mojada.

2.         Qué raro…

sábado, 29 de agosto de 2015

30 años [and there's nothing I can do]

Faltan dos días para que cumpla treinta. Justo hace dos años estaba haciendo las preparaciones para mi fiesta de cumpleaños. Y hace un año también. Hoy regreso de mi especie de pasantía en Pan de fuego, con Space oddity pegada en la cabeza después de escucharla varias veces durante la mañana. Siempre he querido que mis fiestas de cumpleaños sean de esas fiestas memorables tipo comercial de whisky en donde todas las personas que conozco están juntas, bailando, y amanezcan en la terraza viendo cómo sale el sol rodeados de foquitos. Pero por alguna razón todas mis fiestas de cumpleaños terminan, directa o indirectamente, en tragedia. Puede ser porque no sé planear muy bien -a pesar de que, dos semanas antes de que sea la fiesta, ya comienzo a hacer diferentes playlists para los momentos de la fiesta y para las posibles situaciones-, porque siempre siento que me falta alguien, porque mis amigos son unos gañanes y como mis amigas lo saben no van y nos dejan solos en la pista de baile, o tal vez porque no tengo terraza. 
El hecho es que mi cumpleaños siempre termina por hacerme sentir insatisfecho y hasta molesto. Por lo que no he hecho. Por lo que he perdido. Por lo que he arruinado. Y que el FONCA dé los resultados adversos de jóvenes creadores una semana antes no me ayuda mucho. Por eso -y porque he decidido cambiar radicalmente esas actitudes destructivas que varios ya conocen-, este año no habrá fiesta. A cambio, pondré en práctica lo que he aprendido en Pan de fuego, una especie de salvavidas que me aventaron hace tres semanas y que mantiene mi cabeza -y mi cuerpo- ocupado y con ánimos de hacer algo. A cambio, estaré escuchando todas mis playlists bien pensadas -cumbia primero para calentar el ambiente; salsa después; otro embate de cumbia, otro de salsa y, si el ambiente lo permite, bachata o bien, si el ánimo no anda guapachoso, un poco de funk, los grandes éxitos de David Bowie alternados con los de Queen y éxitos hipsters al tanteo- mientras alimento mi masa madre, amaso, prendo el horno e intento hacer pan y no pensar, porque "Planet Earth is blue and there's nothing you can do". 


Pongo esta versión porque aunque no me gusta Ben Stiller, no he visto ni sé de qué va The secret life of Walter Mitty, una vez le cambié al beisbol entre-innings y estaba esta parte de la peli que me pareció tristísima y maravillosa.

sábado, 25 de julio de 2015

"Siempre me confunden con la actriz italiana"

La conocí un viernes, como al mediodía, en junio de 2006, luego de varios correos de acercamiento. Fuimos a su oficina, como dos niños de primaria regañados o dos groupies, Enrique y yo, esperando que nos recibiera. Como siempre he hecho desde que sé que existe internet, googleé su nombre y busqué datos de ella, pero salvo unos cuantos artículos, todo era sobre una actriz italiana. Rossana Podestá. Alta, dominante, hablantina, con una nariz grande y una propensión a acercarse demasiado a la cara de su interlocutor, Enrique y yo salimos enamorados de ella. Queríamos que nos asesorara la tesis y nos tomara como sus asistentes o becarios, lo que se pudiera. Desde entonces, y más o menos hasta mediados de 2010, términos como "interculturalidad", "bilingüismo", "representaciones sociales", "antropología polifónica", "educación para todos", entre muchos otros, me fueron familiares. Con ella fui becario, asistente, corrector de estilo, fotógrafo documentalista, secretario, y sobre todo, aprendiz.
Esta semana leí, en el muro de FB de un ex-compañero de la universidad, que murió mi querida maestra Rossana Podestá, a quien, por más que me esforcé por llamarla por su nombre como todo el mundo, siempre le llamé Doctora. Su muerte termina con la larga lucha que sostuvo contra el cáncer. Fue una mujer brillante, apasionada por la educación, intensa, alegre, comprometida y sabia. Gracias a ella pude acercarme a realidades muy distintas a la mía, descubrir la alegría de ser docente y de pensar las aulas en la diferencia, conocer a maestros zapatistas, visitar la sierra negra, pensar mi mestizaje, saber que la academia no es lo mío. Gracias a ella tuve la posibilidad de ilusionarme con proyectos casi imposibles, recibir apoyos económicos por mi trabajo académico y tener algo en qué pensar durante una de las peores temporadas de mi vida.
Agradecido con su paciencia y su pasión, pongo para honrarla al menos un poquito, una de las pocas fotografías que he podido rescatar, de cuando visitamos Jonotla para una conferencia. Descansa en paz, querida Rossana.


domingo, 5 de julio de 2015

Transformaciones

No entiendo muy bien por qué, pero estoy sentado frente a la computadora, con los ojos llorosos, viendo videos de los últimos meses de José Watanabe vivo, leyendo poemas. No entiendo cómo es que uno termina viendo videos de un poeta cuando en internet hay videos de prácticamente todo, de la misma manera en que sigo sin entender por qué alguien decide, por voluntad propia, dedicarle tiempo y esfuerzo a algo tan improductivo como escribir o hacer música o lo que sea. Es decir ¿qué hace que todavía hoy, a pesar de ver a tantos, tantas veces derrotados, alguien prefiera comprar un instrumento musical en vez de un iphone o una playstation 4 y una pantalla?
Estoy sentado frente a la computadora, con los ojos llorosos y pienso que el último mes ha sido de volver sólo a las cosas que quiero y de dejar de hacer otras que ya no me apetecen. Empecé el año sin ganas ni interés por volver a adentrarme en los enredos literarios (o mejor dicho, en el juego de las sillas de la burocracia literaria), pero también, luego de varios años de hacerlo por la fuerza, sin ganas de escribir. O mejor dicho, sin ganas de forzarme. Antes me parecía que las personas que dicen que la literatura es 99% trabajo y 1% inspiración eran simplemente personas sin talento. En cierta manera lo sigo pensando, pero también pienso que lo que entendemos por literatura es tan amplio que seguro que hay espacio para eso y para lo contrario. Empecé el año leyendo muy, muy poco, intentando acercarme a los autores y tareas pendientes, pero sobre todo tratando de entender quién soy y quién no soy, dejar hábitos y encontrar rumbo.
Encontrar el rumbo. ¿Rumbo a la propia casa, o al viaje del héroe (he estado leyendo a Campbell, por cierto)? Para mí, la casa es un cuartito con paredes tapizadas de versículos bíblicos y unos cuantos poemas, rolas aburridas y noches memorables. Para mí la casa es encontrarme, no tanto con los versos sino con la sensación de descubrimiento, con una ojeada (glimpse, en inglés, tan bonita palabra) de algo que no se sabe bien que es pero que está ahí, esperándonos. ¿Quién sabe si ése es el viaje del héroe, héroe casero y feliz en el no intentar? ¿Quién sabe si la casa es el destino, y el viaje consiste en cambiar la manera en que vemos lo que ya habitamos? Este poema de Adam Zagajewski, unido por un hilo invisible e inexplicable a mi héroe Watanabe, parece explorar ese rumbo. 


Transformation

I haven't written a single poem
in months.
I've lived humbly, reading the paper,
pondering the riddle of power
and the reasons for obedience.
I've watched sunsets
(crimson, anxious),
I've heard the birds grow quiet
and night's muteness.
I've seen sunflowers dangling
their heads at dusk, as if a careless hangman
had gone strolling through the gardens.
September's sweet dust gathered
on the windowsill and lizards
hid in the bends of walls.
I've taken long walks,
craving one thing only:
lightning
transformation,
you.