miércoles, 15 de abril de 2015

Sobre as bondades del [oficio del] gluten

Pudo haber sido por la decepción de que el FONCA me bateara -otra vez- el año pasado, o mucho antes, por esas escapadas de la brigada becarial del postre godinezco a La Boulange de la colonia Juárez en mi primer año en la FLM, pero lo que comenzó como un gusto por comer un buen postre ha terminado por volverse una afición improductiva y demandante -como todas las buenas aficiones. En los cuatro meses que llevo viviendo en Cholula de nuevo, pasé de buscar, comer y criticar panaderías -mi encuentro con Maison Kaizer sigue atesorado en mi memoria junto con mi primer beso y el gol de cabeza que metí con los hígados reptantes- a intentar a hacer mi propio pan cada semana.
Dejando del lado el hecho de que como no tengo trabajo ni dinero para comer todos los días un pan de veinte pesos ésta es prácticamente la única forma de mantenerme el vicio del gluten, pienso que hacer pan es una gran experiencia porque te hace sentir que, a pesar de lo voraz del mundo capitalista, lo único que necesitas para sobrevivir es un poco de harina y agua -y bueno, un horno, gas y pagar un curso para aprender a hacerlo, pero no mucho más.
También creo que se ha vuelto para mí tan importante porque es el primer oficio que no me resulta aburrido y en el que parece que tengo al menos el mínimo de habilidades para seguir intentándolo. Un oficio con mucha historia, que además conjuga la necesidad de fuerza e intensidad con la calma y la delicadeza. Todo esto para contar que hace más o menos un mes pude tomar un curso de dos días en Hackl y desde entonces he horneado dos veces y estoy en proceso de una tercera. Todo esto para copiar un poema de José Watanabe que, como suele pasar con sus poemas, parece decir justo lo que yo quiero, pero mucho mejor:

El pan

Perdonen que lo diga sin pudor,
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo
         de hambrunas.
Las carencias
nos llevaban a todos a una especie de inocencia
        a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos.
Así es cuando ya no queda nada, salvo
la postura orgullosa de mi madre
       que dormía como saciada

Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios
        prometedor , pero cruel.
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos
        ni hizo el milagro de una simple lechuga-

Una tarde se asomó a nuestra puerta
un extranjero de mirada llameante, otro agorero,
pero no supimos quién ardía en él, si su dios
       o su demonio.
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.
       Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa
       con una cucharada de manteca sin nombre

[***]

Y acá dos fotos de los únicos dos tipos de pan que he intentado. Los de la primera foto son de masa rústica pero horneados en caja, y los de la segunda, roles de brioche verdenne. Sí, saben bien y no, no nos han hecho daño hasta ahora. Viva el gluten y viva la autoproducción.




2 comentarios:

Ga Ortuño dijo...

Del buen Roque Dalton

La poesía es como el pan
Como tú
amo el amor, la vida, el dulce encanto de las cosas,
el paisaje celeste de los días de enero
También mi sangre bulle y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.
Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan,
de todos.
Y que mis venas no terminan en mi,
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.

samuel espinosa dijo...

Qué maravilla, querida Ga. Gracias por postearlo. Me hace falta leer a Roque Dalton, en una de esas recupero el gusto.