martes, 8 de febrero de 2011

Si al regresar de Tlacotalpan hubiera abierto el blog para escribir, este post sería profundamente amargo. Como algunos de ustedes constataron, me suele pasar que, luego de sucesos importantes me deprimo muy feo, una especie de bajón anímico –todo lo que sube tiene que bajar, claro– que me hace, en pocas palabras, odiar el mundo. Me pasó cuando fui a ver Beirut, cuando fui al Corona Capital y ahora que fui a Tlacotalpan y, pensándolo bien, seguro tiene que ver con el hecho de que antes de cada uno de esos sucesos me hice expectativas muy altas sobre lo que pasaría. 
Lo que siempre pasa es que, luego de regresar, me siento profundamente decepcionado, enojado con la periferia de lo que vi, con las cosas que estorbaron o que me molestaron, y ese enojo se extiende a todo lo demás. La mejor forma de enfrentar estos casos ha sido dormir tanto como sea posible y no hablar mucho con gente, por bien común. Luego, poco a poco comienzo a dimensionar las cosas, a valorar lo que pasó y a apreciar lo sucedido en la medida justa de las cosas.
Eso mismo ha pasado, y creo que es buen momento para escribir sobre lo que vi en Tlacotalpan. Viajé toda la noche del lunes a Veracruz –estúpidamente, porque bien pude irme en la mañana y evitar el AU con sus autobuses horribles y sus múltiples paradas– y a las 7 tomé el camión a Tlacotalpan. El sol estaba maravilloso y el camino fue muy entretenido, salvo por el jarocho roncón que se sentó junto a mí. Tlacotalpan es muy pequeño, y la verdad es que no entiendo cuáles son las actividades productivas. 
La casa en la que me quedé, gracias a la recomendación de un amigo de mi papá, era muy rara. Oscura, llena de bochorno, con los cuartos sin techo interior y sólo cerrados por cortinas, el único baño en el cuarto que de por sí tenía que compartir con alguien más. Pero no me quejo, porque definitivamente fue mejor que acampar.
La fiesta que motiva todo, la de la Virgen de la Candelaria, es en realidad dos fiestas, separadas claramente por una calle que no recuerdo cómo se llama. De un lado, la fiesta de iglesia, de tradiciones, de jaranas, decimeros, requintistas y panderos; del otro, una versión anticipada del carnaval de veracruz, con reggaetón, caguamas en vaso, escasa ropa y, obvio, mucha más gente. La segunda fiesta sólo dura un día, el primero de febrero, mientras que la segunda se extiende hasta el 3. Ambas valen mucho la pena, sobre todo si a usted le interesa el son, si es un bebedor o bebedora empedernido/a, o si quiere ligar  a los mundialmente conocidos travestis jarochos
Pero bueno, lo que en realidad tengo ganas de decir, lo que me entristeció un poco, fue ver que en los conciertos y los fandangos la gente prefiere ver a los "nuevos exponentes" –generalmente chicos o chicas de xalapa o del df, con jarana al hombro, cabellos desaliñados, ropas holgadas, huaraches o tenis sucios– en lugar de darles el lugar a la gente del lugar o de los alrededores. Señores de más de setenta años rompiéndola en los fandangos con sus jaranas, sus guitarras de son o sus leonas –variantes del instrumento que aparece en la foto, mencionadas en orden de tamaño– quedan en segundo plano ante los "aprendices" que cantan más fuerte, que declaran versos que seguramente escucharon en discos y que tal vez hasta fueron inventados por esos mismos viejitos.
Será que soy un amargado, envidioso del talento de los "nuevos exponentes", purista de cuarta y aburrido, pero la verdad es que esperaba otra cosa. Como platicaba con un señor de San Juan Bautista, un pueblo vecino a Tlacotalpan, la fiesta se siente un poco forzada, artificial, y la mayoría de los soneros de sepa se encuentran en la difícil posición de decidir entre el olvido de sí mismos y del propio son, o la difusión, muchas veces acompañada de faltas de respeto, de mezclas extrañas, de ridiculización de una tradición propia.
En fin, que al final de cuentas pareciera ser que todo intento de "revitalizar" una tradición –como sucede con otras fiestas, con las lenguas indígenas, con los productos nativos y tantos etcéteras– termina por sentirse artificial, y muchas veces una imposición de fuera, de alguien que pretende utilizar esa tradición para validar su posición –usualmente académica, léase antropólogos rateros– y, en pocas palabras, hacer su agosto hasta en febrero.

***

Van unas fotos. Para ver otras, visite mi flickr.






2 comentarios:

kamarada dijo...

¿Amargado? Para nada mi estimado Sam. Efectivamente: después de ser testigo de todo lo que relatas, es comprensible que resulte triste y deprimente ver cómo nuestras expectativas se desvanecen en el aire: esos grandes rituales se pierden en la vorágine de lo banal y la impostura. Las hordas manuchaístas amenazan con cooptarlo todo.

Saludos

Jorge A. S., alias "Kamarada"

samuel dijo...

Jajaja

El problema es que esas mismas hordas manuchaístas son parte de nuestra generación, y un poco de nosotros. A mí me preocupa el peligro de caer en eso que tanto odiamos. Es desgastante

gracias por pasar Kamarada
va un abrazo y espero que nos encontremos pronto