jueves, 21 de noviembre de 2013

Platko (según Rafael Alberti)

El próximo martes es la entrega del premio hispanoamericano de poesía que la Fundación y el Fondo de Cultura Económica organizan desde hace diez años y, para hacerlo un poquito más entretenido, nos han encargado a algunos becarios leer poemas. Frente a niños. Durante una hora y cachito. Como usted se imaginará, la hazaña se antoja poco menos que aterradora, y por más que he querido postergar la reflexión, hoy me ha pegado de golpe. Hay que buscar los poemas para leerlo.
La verdad es que me da mucho miedo escoger poemas aburridos, de esos que los viejos piensan que son para niños y que son infumables. Me recuerdo con mi hermano y lo que nos gustaba, y me cuesta mucho trabajo pensar que la poesía nos llamaría la atención. Pero luego pienso que hay poemas ante los cuales no importa la edad, y también recuerdo esa sensación que Slovsky llama desautomatización, que consiste en ver las cosas como si fuera la primera vez. Esa maravilla ante las cosas es la infancia. Así que estoy en eso, en buscar materiales.
Y así, googleando poemas sobre cosas de las que me gustaba hablar de niño (el futbol, la música, las excreciones y los superhéroes, entre otros) encontré este gran, gran poema Rafael Alberti sobre Platko, portero del Barcelona que en la final de copa de 1928, tras lesionarse en la cabeza, regresó al juego vendado para dar un partidazo y, de paso, inmortalizarse en poema. Sé que no es la versión más canónica (oda a Platko), pero así la encontré en una nota sobre el libro "Un balón envenenado" y me gustó porque es más eficaz y más breve. Acá la nota: http://lapecerarevista.blogspot.mx/p/poesia-y-futbol.html
Copio el poema y más abajo pongo un par de videos. El primero, escenas del partido; el segundo, trunco y todo, muestra al propio Alberti diciendo cómo estuvo la cosa ese día.


PLATKO
Santander, 20 de mayo de 1928
A José Samitier capitán

Nadie se olvida, Platko,
no, nadie, nadie, nadie,
oso rubio de Hungría.

Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más regía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.

No, nadie, nadie, nadie.

Camisetas azules y blancas, sobre el aire,
camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote,
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiendo en la yerba de otro país. ¡Tú, llave,
Platko, tú, llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo!

No, nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.

Volvió su espalda el cielo.
Camisetas azules y granas flamearon,
apagadas, sin viento.

El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ri, Platko,
por tu sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu saldo,
temieron las insignias.

No, nadie, Platko, nadie,
nadie, nadie se olvida.

Fue la vuelta del mar.
Fueron
diez rápidas banderas
incendiadas, sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue la vuelta.

Azul heroico y grana,
mandó el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas, rotas alas,
combatidas, sin plumas, encalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.



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