jueves, 10 de junio de 2010

Los últimos días sobre la tierra o "...And came out alive"

I knew a man that got lost in a big dark blue...
Patrick Watson


(Le sugiero al/a querido/a lector/a hacer clic sobre el  video antes de comenzar, y leer mientras escucha).


Todo empezó hace más o menos tres semanas. Domingo, de regreso a casa, con casi nada en que pensar, salvo en el hecho de que al día siguiente había trabajo. Como cada lunes, al menos hasta mediados de julio. Y después de julio nada. Probablemente trabajo, tal vez otro o el mismo, tal vez otros y el mismo, o tal vez menos pero nunca ninguno, pero siempre trabajo. Sin nadie en quien pensar, salvo en la gente a la que quiero y que está lejos, o que está cerca y miro a veces y que no sabe que la quiero porque esas cosas no se dicen, se sobreentienden. Nadie en quien pensar sino en muchachas tristes que miro cuando camino, de cabellos rizados o lacios, de ojos grandes, con rasgos raros y narices peculiares. Muchachas que no conozco y que no vuelvo a ver, a menos que nos encontremos, caminando, de nuevo, siempre en sentido contrario. 
Todo comenzó con casi nada, con una línea apenas, la idea de que probablemente debería vivir como si supiera que la muerte está cerca, es decir, plenamente, sin temor y en el delirio como quería Mario Santiago. Dejar de vivir a medias y empezar a vivir, como si supieras que la próxima semana te mueres, que la muerte te espera. Dejar de ser tibio, atreverme a hacer las cosas que sé que debo hacer –porque, aunque suene pretencioso, sé todavía tengo que hacer algunas cosas– y cosas que no sé pero que igual haré. Nada nuevo, dirá el lector, salvo el hecho de que de tanto repetirlo, llegué a convencerme de que en verdad estos sí son mis últimos días sobre la tierra. Así de simple.
Ahora bien, a pesar de que pareciera lo contrario, solamente he pensado en el suicidio como una actividad lúdica, una posibilidad estética, es decir, por el mero gusto de pensarlo, sin necesidad de llevarlo a cabo. Me acuerdo que en la prepa escribí un cuento –probablemente mi único cuento– en el que, después de mucho meditarlo, decidía que no me suicidaría porque no lograba decidirme entre las múltiples –y todas ellas bellas– formas de hacerlo. Hoy todavía pienso en el suicidio como la forma perfecta para lograr que mis poemas se publiquen y se lean. Ser el mártir de la poesía y vender mucho. Aunque todavía no me decido por la forma óptima de hacerlo, y tampoco tengo suficientes poemas.
Lo que sí es cierto es que de tanto pensar en la muerte, en mi propia muerte, en sus posibilidades, en sus repercusiones, en ventajas e inconvenientes, en sus aspectos técnicos –como platicábamos G y yo, qué pasaría si me muero y nadie se entera hasta después de mucho tiempo? quién les avisaría a mis amigos y a mis conocidos? quién iría a mi funeral? quién actualizaría mi estatus de facebook por "Samuel Espinosa está muerto"?–, me di cuenta de tres cosas: La primera, que sí me da miedo morirme. Y no porque desee ser inmortal o vivir mucho más, sino por los gastos que implicaría. No estamos en el mejor momento económico como para morirse, con tantos gastos, la bolsa tan inestable, la renta de mi casa sin pagarse todavía, mi deuda con el concytep, mis últimas declaraciones de impuestos. 
En segundo lugar, no importa cuánto duela, todos terminarían por olvidarme. Seguramente mis papás y mis hermanos se lamentarían, llorarían y guardarían duelo por mucho tiempo, y me recordarían cada aniversario luctuoso. Tal vez mis amigos se pondrían tristes, se emborracharían por mí, harían un recuento de las frases medianamente divertidas o inteligentes que alguna vez haya dicho, y tal vez hasta me atribuirían frases que nunca dije, sólo para vestir mi muerte con las mejores ropas. Tal vez las muchachas a las que quise llorarían, aunque sea un poquito –me gusta pensar que sería así–, y leerían los poemas que les escribí una y otra vez, y las canciones que les sugerí y que nunca quisieron escuchar porque les parecían tristes y aburridas las escucharían muchas veces a lo largo del día. Pero inevitablemente todos, o casi todos, irían perdiendo poco a poco la memoria de quién soy, de quién era. Todos olvidarán mi cara, de los detalles mínimos, y me reducirán a una barba o a un bigote, a las cejas juntas, a la panza. Poco a poco encontrarán nuevos amigos, o novios, o alguien que los quiera y aunque no les haga poemas les será suficiente. Poco a poco dejaré de ser importante, y no seré nadie. Casi como ahora.
En tercer lugar, me di cuenta de que la muerte es una constante entre la terminología cristiana. Sé fiel hasta la muerte, La paga del pecado es muerte..., ...porque la muerte de Jesús anunciáis hasta que Él vuelva, dónde está Oh muerte tu aguijón, muertos a la carnepara mí el vivir es Cristo y morir es ganancia. San Pablo retaca sus epístolas de muerte, muerte a la carne, muerte de Cristo, su propia muerte. Y de tanto leerla, me parece que muchos terminamos por no dimensionarla. Nos acostumbramos a repetir versículos como loros sin darnos cuenta de que si Dios nos tomara la palabra, entonces deberíamos estar dispuestos a morir, dejarnos de payasadas como el ginseng y las vitaminas y la vejez plena. Porque sólo entonces la muerte no tiene sentido, cuando se cree en la resurrección y el poder de Cristo, necesariamente se debería creer en el menosprecio del propio cuerpo, en la vida sobrenatural de tentar la muerte a diario. 
Todas esas cosas, aunadas a "las muertes de mi padre", cuento de Yehuda Amichai que encontré en una antología de cuentistas israelíes, me deprimieron muchísimo, casi sin que me diera cuenta. Me emborraché, me enfermé, estuve triste. Me entristece pensar que me voy a morir sin haber escrito nada lo suficientemente bueno como para ser recordado, sin ninguna herencia para mis papás o mis hermanos, sin testamento, sin un hijo al que hubiera atormentado en vida y que me liberara, en mi lecho de muerte, con su perdón, y que siempre habré sido demasiado rebelde como para ser un buen cristiano y demasiado cristiano como para ser un buen rebelde. Me entristece saber que tal vez la única vez que dejaré de ser tibio es cuando esté muerto, porque entonces estaré frío para siempre y entonces si estuviera vivo me reiría mucho y terminaría suspirando por darme cuenta de que la situación es en verdad patética.
O peor, me entristeceré, como ahora, por haber olvidado la antología de cuentistas israelíes en el camión de regreso a casa y por haber pagado la renta a principios de un mes en el que no alcanzaré a vivir.

3 comentarios:

GA dijo...

¿Perdiste el libro? Yo lo iba a pedir como herencia. Ash.
Me gustó esta entrada y compartiré: también me da miedo morirme, no por lo que hay después sino porque me gusta mucho vivir y tengo hartos pendientes. Creo que lo que más me dolería de morir son esas interacciones que no sucedieron y me habrían gustado, por el lado egoísta, lo que me hubiese gustado escuchar.
Bueno ya.
Buenas noches.

GA dijo...

Por cierto, no se ve el video.

samuel dijo...

hmm

maestra de la ambigüedad. Que no sucedieron conmigo o que no sucedieron a secas. Ya sabes que soy muy egocéntrico y que me parece que todo tiene que ver conmigo. Y por supuesto que el video se ve.