lunes, 21 de junio de 2010

1,2,3 por el poeta escondido tras su tiempo o "contra los cortes de caja del olimpo mexicano"

Cuando, hace ya casi 7 años –qué horrible suena eso, a dónde se fue tantísimo tiempo– entré al ninguna vez heroico colegio de lingüística y literatura hispánica de la buap, yo no era nada más que un niñito barbudo que, como muchos otros ahí, se hacía el intelectual porque había leído cuatro libros más que sus compañeritos en la prepa, porque tenía diez discos de jazz y porque tomaba su café –americano entonces, qué lejano– sin azúcar. No hay que engañarse, en realidad sigo siendo un niño barbudo, y sigo intentando hacerme el intelectual cargando libros a todos lados a donde voy, con la premisa secreta de que los libros que lleve deben combinar con el mood del día o por lo menos con lo que traigo puesto –ja–, aunque desde hace 5 años me compré una cafetera de espresso, pero ese no es el asunto. El hecho es que, cuando entré a la carrera, me llamaron la atención tres cosas de la manera de entender la poesía, que entonces, como ahora, era lo que en realidad me interesaba, y que me vienen a la mente después de ver el programa 54 de "discutamos –así de pretencioso– México".
En primer lugar, más allá del tristísimo discurso de "no formamos ni poetas ni escritores, formamos lectores y a lo mucho, profesores –de cuarta, se les olvidó decir– de literatura" que nos daban los profesores, me llamó muchísimo la atención que, durante el primer mes de escuela por lo menos dos profes hablaban maravillas de un tal Jorge Cuesta y su "canto a un dios mineral", no tanto por la obra en sí –que estaba chida, aunque no maravillosa– sino por la truculenta historia que rodeaba al poeta. Esta forma de "hacer crítica" fue la que fundamentalmente imperó en mis clases –tanto que en algún momento pensé que era necesario hacer una colección de tarjetitas tipo panini en las que, en el reverso de la foto, se pudieran leer los datos curiosos y las estadísticas importantes como premios, becas, parejas famosas, competencias con otras parejas por las parejas, parejas ganadas y perdidas, etc. Patético, sí, pero definitivamente reflejo de una amplia facción de Academia literaria mexicana, los de media tabla para abajo fundamentalmente, en donde, cuando un poeta se pone de moda porque unos cuantos críticos lo deciden así, el resto de la borregada los adora, muchas veces sin entender realmente por qué. 
Lo mismo, pero a la inversa, me pasó con un grupo de poetas de los que estuve "académicamente enamorado", los estridentistas. La verdad es que Maples Arce me parecía un tipo demasiado atrevido, demasiado incendiario, ya un imbécil, ya genio visionario de la publicidad, y, pese a todo –o tal vez precisamente por eso– un buen poeta. Me gustaba –todavía me gusta– de verdad. Pero, desafortunadamente para su fama, le tocó ponerse al tiro con los que serían la gran mafia de la primera mitad del siglo XX, lo cual quiere decir que todavía hoy mucha gente los detesta –a maples arce y su horda estridentista– por homofóbicos y locos, sin importarles realmente si fueron o no grandes poetas. Por eso me encantaba recordar, en las clases que se podía, que Salvador Novo comenzó entre los estridentistas, con una visión estética muy parecida que, aún después, mantuvo, y que lo más probable es que Novo se alejó de ellos porque se enamoró de alguno de los señoritos contemporáneos, y, por qué no decirlo, les vio más futuro político, con el junior de la poesía Enrique González Rojo y aquella momia en vida –y obra– que fue el dandi Torres Bodet. Lo más que se decía en los salones de clases sobre los estridentistas era que List Arzubide –el List de México– había envejecido en nuestra escuela, lo cual quiere decir que, después de vivir la vida loca y de hacer buena poesía en xalapa, decidió llegar a los 100 años o algo así en Puebla. Obvio, la gran mayoría evadía el tema de la poesía y se dedicaba a hablar de él como loco revoltoso que fue, cerrando el puño para gritar lo que la gente cree que él dijo y que sin embargo escribió Maples Arce en el manifiesto del 22: Viva el mole de Guajolote.
Lo que quiero decir es que, como reza uno de los grandes lugares comunes para los que dicen saber de historia, si las cosas se hubieran desarrollado de otra manera, tal vez con un poco más de clase por parte de Maples Arce, o con más textos y adeptos, y sobre todo con mejores contactos, muy posiblemente los estridentistas serían hoy poetas laureados inicialmente por por ser vanguardia, y tal vez por madurar y hacer una mejor poesía. Miles de escuelas se llamarían Maples Arce o Arqueles Vela o Luis Quintanilla, y no solamente nuestro micro auditorio sería List Arzubide. Tal vez si hubieran conocido el término "gay friendly", hasta hubieran podido coexistir junto con los contemporáneos en el gran altar de la literatura mexicana. Pero no lo hicieron y lo cierto es que nuestra sociedad –tan progresista e inclinada a los asuntos de género– les cobra la factura, demasiado cara para mi gusto. Lo cual me lleva al siguiente punto.
En segundo lugar, debo repetir una confesión que más de una vez me ha ocasionado problemas. Me cuesta mucho trabajo apreciar la poesía hecha por mujeres. No soy tan osado como para repetir lo que en algún momento decía Bob Dylan –lo dice en I'm not there, cuando se pelea con sus amigos políticamente comprometidos y con su mujer– sobre la imposibilidad de las mujeres para hacer poesía, pero sí diré que me parece que, de todo el largo catálogo de autoras, las más me parecen poetizas y sólo unas cuantas me parecen verdaderas poetas. Pareciera que algunas mujeres que hacen poemas están más preocupadas por marcar sus diferencias con los hombres que hacen poemas que por hacer poesía. Y lo peor, muchas veces el estándar se reduce, la exigencia se acorta sólo porque es una mujer poeta, porque es mujer. 
Digámoslo así: sospecho que existe una especie de tabú que no nos permite hablar y criticar de una forma completamente honesta la poesía hecha por mujeres, como de hecho pasa –más abiertamente– con la poesía homoerótica. Si dices que no te gustan uno u otro poema, entonces te ganas la animadversión de algunos por ser tan machista –cuando en realidad, por lo menos en mi caso, resulta que simplemente no me gustó el poema. Lo que yo pienso es que, muchos de los que nos interesamos por la poesía hemos aprendido a apreciarla a partir de un canon que, coincidente o alevosamente, contiene en su mayoría a poetas hombres. Y pues, definitivamente, es más fácil acercarse a una poesía cercana a tu propia sensibilidad, porque al final de cuentas es más propensa a generar ese sentido de individualización, de llamado a uno mismo que se supone que genera lo poético.
En fin, todo esto para decir que, con todo y que es LA poeta primigenia de México, la diosa nacional, la encarnación de la virgen de la poesía, la mamá de los pollitos pues, nunca me ha llamado mucho la atención Sor Juana, lo cual equivale al sacrilegio. Y la verdad es que no la he leído detenidamente y tal vez podría enamorarme de ella –actualmente sólo estoy enamorado de su esbelta figura en los billetes de 200– si la leyera, pero no quiero, no me interesa. Prefiero decir eso a andar alabándola sin conocimiento de causa, indignándome porque alguien diga que no le interesa y recitándole el "hombres necios que acusáis a la mujer sin razón" sin saber los dos versos que van antes. 
Finalmente, y ya entrando más al programa en cuestión –ya se verá que todo en este post está milimétricamente planeado, o al menos eso espero que parezca para que el lector no se dé cuenta de que no reviso mis textos cuando los escribo–, un asunto que pese a ser evidente, sigue calando. Los que vivimos fuera del df –y que conste que leí a pound sobre el provincianismo– vivimos, en realidad, totalmente fuera de las posibilidades, no ya de figurar, sino siquiera de enterarnos en tiempo real de lo que pasa en la poesía contemporánea, de conocer a los que en su momento serán elevados al olimpo y los que serán deshechados. O peor, los poetas que, aun dentro del DF, aun con una obra poética fuerte, vital, –hasta los mejores poetas vivos de México–, son desechados por una u otra razón. Sí, muchos tienen sus territorios bien delimitados, muchos han construido grandes imperios culturales en sus estados, muchos han tejido redes de conexión con otros poetas. El tema no es ese. El tema es que poetas tan enormes como Eduardo Lizalde o Rubén Bonifaz Nuño –y como Pacheco que, aunque no es mi preferido, sí es un referente importantísimo– quedan fuera de esos cortes de caja realizados por poetas que, si bien son respetables, no están de ninguna manera autorizados –ni moralmente ni por su trabajo– para juzgar así nomás, para hacer la genealogía de la poesía mexicana de manera tan simplista, tan monocorde. 
No se trata de escoger a un Gran Poeta sobre otro, ni siquiera de escoger a uno o a otro. Se trata, al menos a mi parecer, de decidirse por la poesía independientemente de quien la haya escrito. Porque qué más da si a Octavio Paz le dieron el premio nobel si ahora lo que más se lee de su obra son sus ensayos –que muchos consideran plagiarios, vaya usté a saber–? Como en Forest Gump, tan simple, poeta es el que hace poesía, poesía viva, poesía que se queda en la memoria de quien la lee y que hace que vuelva a ella. Sí, puede ser que no congeniemos con una u otra sensibilidad, o con la forma, o con las actividades alternas a la poesía. Pero eso no determina el valor de un poeta.
Pero bueno, quién sabe. tal vez lo mejor para los poetas que se quedan fuera de los "cortes de caja" –qué horrible frase– institucionales y [bi]centenarios sea el olvido. Que poco a poco la gente deje de leerlos, que se cree un odio –brillante coincidencia con el tigre, no?– hacia su obra y que sólo unos cuantos elegidos, visionarios, los valoren. Que su tiempo los entierre vivos, y que el siguiente tiempo los desentierre y los trate mejor, como pasó con Góngora. Porque para que nuestro tiempo valorara como se merece a nuestros poetas vigorosos y viriles, este debería, sin lugar a dudas, ser el siglo XIX. Lástima que erramos en el orden de las X y el I. O en el género o en las preferencias sexuales. O en los amigos y los elogiados. Lástima.


***

Aquí es cuando digo "usted disculpe querido lector", por tan tremendo desvarío. La verdad es que ya me había aburrido de escribir esto. Pero ahí se va, dos tres, no?


2 comentarios:

GA dijo...

Señorito poeta:
Me parece que ésta es una muy buena entrada,casi no se le nota lo caprichoso.
Amo los poemas amarillos de MMA e insisto, dele otra oportunidad a las poetisas o se las verá conmigo. Justo ahora leo a la tal Concha Urquiza.
Saludos.

samuel dijo...

Ga

–iba a decir "a ver, Ga", pero me di cuenta de que es muy varil–
Yo sí leo poetas mujeres. Poetisas no, de la misma manera que no leo poetisos –o me esfuerzo por no hacerlo. Concha Urquiza es supermáster sí, y lo caprichoso sólo se puede, por mucho, disfrazar –tú como nadie sabrás de eso.

Saludos de regreso