domingo, 22 de marzo de 2009

despedidas

Probablemente suene estúpido, pero me gustan las despedidas. Creo que tal vez tiene que ver con el hecho de que no soy muy estable, pero lo cierto es que durante el tiempo que llevo vivo he conocido a mucha gente, y casi siempre termino despidiéndome. Por las buenas, o por las malas, pero siempre despidiéndome. Siempre envidié a los niños con "una sola" infancia, con una casa y un barrio y los mismos vecinos durante toda la vida. Los niños que se enamoran de sus vecinas y cuando crecen se casan, los niños que tienen un solo equipo de futbol para toda la vida.
Yo me he cambiado de casa casi cada 3 años -a veces menos tiempo entre casas, en total 11 veces, y muy probablemente se avecina la 12-, por lo que me he despedido de muchas personas. Mejores amigos, niñas que me encantaban en secreto, tenderos amables, escuelas varias y vecinos memorables. Todos con despedidas. Despedidas generalmente muy poco dramáticas, porque después de un tiempo uno se acostumbra a no arraigarse, a pensar que sólo se está de paso en esa casa, que pronto nos moveremos y que al final de cuentas lo único fijo es la familia con quien te mueves. 
Pero las mejores despedidas son con las mujeres que te gustan. Debo decir que inicialmente -primaria y secundaria-, mis despedidas eran totalmente platónicas, porque no me atrevía a decirle a las mujeres que me gustaban. Siempre me convertía en el mejor amigo, esperando el momento oportuno para declararme, y, obviamente nunca lo hacía. Poco a poco, he ido adquiriendo más experiencia -es decir, que ahora me declaro y me batean proverbialmente, ja- y sobre todo, más afición por las despedidas. Sonará retorcido, pero encuentro cierto gusto por saber que las cosas terminan ahí con una persona, que después de un determinado momento todo cambiará. Y no necesariamente que la despedida implique irse físicamente. A veces hay que saber despedirse a tiempo, alejarse, parar las cosas y dejar de verse antes de que todo se vaya a pique. A veces es muy tarde y se sacrifican amistades, pero cuando se logra, esa despedida nos queda guardada en la mente, y logramos capturar la esencia de la persona. 
Lo paradójico de las despedidas es que entre más intensa sea una relación, mejor será la despedida. Una pareja que se ame verdaderamente tiene la opción de vivir una gran despedida. El único problema es que, para lograrla, tendrá que separarse. La vida en pareja vs. la despedida de película. Imagino una escena, por lo demás tremendamente jolibudense. Rompimiento por cualquier tontería, que resulta irremediable. Alguien de entre los dos -por pragmatismo, digamos la mujer- se va de la ciudad, en autobús. El otro, decide ir a buscarla. Llueve. Él la mira desde el comienzo del pasillo, caminando al andén, y corre tras ella. Ella entrega las maletas y se forma para subir al autobús. Él llega, boqueando por el esfuerzo, y grita su nombre. Ella lo mira afuera, mientras el autobús se pone en marcha. Ella se levanta de su asiento, y le pide al chofer que se detenga y que la deje bajar. En la lluvia, se encuentran y se besan. Aquí aparece el letrero de fin, y aquí se deberían quedar. En la gran despedida. Porque seamos honestos, nunca lograrán tener otro momento como este, la despedida memorable, el último beso, la lluvia.
Pensemos en esto. Si se queda, regresarán, volverán a ser pareja, tal vez envejezcan juntos. O tal vez rompan de nuevo, más drásticamente, y se tengan que alejar, esta vez sin gran despedida. Por eso, ella debería irse, terminar el beso y correr para alcanzar el camión. Porque después no será lo mismo, porque a pesar de todo, no hay que desperdiciar una despedida. Y bueno, porque al final de cuentas, el equipaje va en el autobús.
 

1 comentario:

Carlos dijo...

que fue eso un testamento??